Home Programación Lo que hay que oír ¿Corregir a nalgadas, sí o no?

¿Y una nalgada de vez en cuando?

¡Cuántas veces he escuchado este cuestionamiento! ¡Cuántas veces me ha sido  expresado con la esperanza de que de mi boca salga un: “Sí… una nalgada de vez en cuando está bien.” Para desilusión de quienes así lo esperan, NUNCA saldrá de mi boca semejante aberración.

Permíteme llevarte a esta situación: Imagina que estoy a tu lado… Tú haces algo que no me gusta o simplemente estoy de mal humor y te meto una cachetada, nalgada, coscorrón o pellizco. Sin lugar a dudas sentirías ira, confusión, indignación y muchas ganas de devolvérmela. Tal vez lo harías; quizá voltearías de inmediato y me golpearías de alguna manera para quedar a mano, o por lo menos me reclamarías o me insultarías.

Lo mismo que tú sentirías en una situación como esta, es lo que un niño experimenta cuando le propinas la famosa “nalgada correctora” que tantos defienden. Pero la criatura se tiene que aguantar. Tiene que contener su rabia, su dolor y sus ganas de devolvértela, porque eso no se vale; porque si se atreve a hacerlo le irá peor. Entonces, movido por una abrumadora impotencia, se reprime y contiene toda esa energía, esos sentimientos que le provoca lo que le has hecho, y que irán minando su salud mental y emocional y por consiguiente, física. A veces ni siquiera le permites llorar ante la “inocente nalgada correctora”, lo cual le ayudaría a  desahogar un poquito su dolor y su ira. Si lo hace, le exiges: “¡Cállate!” ó “¡Te voy a dar motivos para que llores de a de veras!” y estupideces como esas que normalmente acompañan a la así llamada “inofensiva nalgada (coscorrón, pellizco, cachetada) de vez en cuando”

 ¿Por qué supones que tienes derecho a pegarle a un niño? ¿A un ser que es y siempre será menor que tú, y por lo tanto más débil y más vulnerable? ¿Porque eres su padre/madre? Muchos suponen que la maternidad/paternidad les da todos los derechos habidos y por haber sobre sus hijos, incluido el derecho a golpearlos.

 Pegarle a un niño, en cualquier forma, frecuencia o circunstancia, SIEMPRE es un abuso. Este se define como el uso de la fuerza y del poder sobre otro que es más vulnerable e  indefenso.  Y con respecto a tus niños, tú siempre tienes más de ambos: fuerza y poder.

Por un minuto –pero sólo por un minuto-  compraré la idea de que darles un golpe “de vez en cuando” no tiene efectos negativos y  no pasa nada. Pues bien, aun cuando así fuera, ¿por qué pegarles? ¿Por qué golpear a un adulto se considera inaceptable, pero pegar a un niño si se vale?

 Los niños no están en este mundo para que los golpeemos, sino para que con amor y paciencia -y a veces con mucha impaciencia y agobio- los ayudemos a crecer, a aprender, a volverse algún día maduros e independientes.

 He escuchado de los defensores de las nalgadas “de vez en cuando”, toda clase de argumentos absurdos para justificar su postura. Pero hace unos días, durante una reunión, escuché la más insensata de las insensateces: alguien me preguntó cuál es el título del libro sobre el cual estoy trabajando, y cuando respondí “¡Con Golpes No!” una mujer me dijo: “ay Martha le vas a quitar toda la diversión a la vida!”.  ¡Me quedé atónita! “¿Te parece divertido pegarle a un niño?” Le cuestioné. “Bueno… no precisamente divertido, pero sí se desahoga uno muy a gusto cuando ya la tienen harta”.

 ¡Qué tal!… Y por más que este comentario me haya parecido horrendo (y más), esa mujer expresó una verdad innegable: cada vez que un padre/madre golpea  a su hij@, en la forma y circunstancia que sea y por la razón que sea, lo hace movido por un  impulso para desahogar sus frustraciones, su ira y sus dolores de la vida, y casi nunca (por no decir nunca), por un deseo de formarlo y ayudarlo a aprender algo. Ahí no hay una intención amorosa de corregir una conducta o un interés genuino por su sano desarrollo, lo que hay es un desahogo impulsivo de las propias frustraciones y una incapacidad de hacerse cargo de las mismas. La indefensa criatura que está cerca, se vuelve el blanco de semejantes desahogos.  ¡Esa es la pura verdad!.

 Existe un mecanismo de defensa llamado desplazamiento, que consiste en encontrar una salida sustitutiva para la agresión u otros sentimientos indeseables. En el caso que nos ocupa, el padre/madre desplaza dichos sentimientos que no puede elaborar o que van dirigidos a otro, sobre la indefensa persona de su hij@.. 

 Los niños son absolutamente dependientes de nosotros, sus padres, o de los adultos a cargo de ellos. Necesitan todo de nosotros: casa, comida, protección, amor, educación; porque ellos no pueden proporcionárselo a si mismos. He escuchado a padres que le reclaman a sus hijos toda clase de insensateces, como el hecho de que trabajan para mantenerlos, alimentarlos, etc., y cuánto se cansan por ello. Una chica me contó que  mientras estudia en la universidad vive en una casa de asistencia. La dueña de la casa  despierta todos los días a su hijo de 5 años, gritándole y reclamándole que tiene que trabajar todos los días para que él coma, que esa es “su” casa y que de gracias a Dios de que él puede vivir en ella. ¡Como si a los 5 años uno fuera capaz de comprarse una casa!… ¡como si no fuera obligación de los padres alimentar a sus hijos y darles un techo para vivir! ¡Como si ellos no lo merecieran!.

 Es obvio que la rabia de esa madre está dirigida hacia alguien más. Probablemente hacia el padre del niño que no la apoya o incluso hacia si misma.

 Quienes trabajamos con seres humanos, vemos constantemente el daño que causa en un hijo el que sus padres lo críen con golpes, o lo hayan hecho en su infancia. Afirmar que no les afecta y que no pasa nada, es la peor de las necedades y la más grande de las cegueras.

Tomado del libro “CON GOLPES NO!” de Martha Alicia Chavez. Editorial Grijalbo

www.marthaaliciachavez.com

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