Reflexiones – Cuaresma 17 de marzo, 2020

Amigos, el Evangelio de hoy revela las raíces de nuestra negativa a perdonar.

Se requiere un tremendo cambio de conciencia para ser cristiano. Es darse cuenta que tu vida no es acerca de ti. En el sentido más profundo, la no pertenencia a nosotros mismos. Todo lo que tenemos y todo lo que somos proviene de Dios. Estamos destinados, con todos nuestros dones, a servir los propósitos de Dios.

Nuestra existencia misma proviene de Dios, pero también el perdón de nuestros pecados. Si hay algo que cada uno podemos decir de nosotros mismos, es que a menudo somos crueles, vengativos, violentos, insensibles y egocéntricos.

El resultado es que no hay nada particularmente invariable en el yo. nada que pueda reivindicarse como de uno mismo. Todo lo que se recibe es un regalo. Bueno, ¿cuál es entonces la raíz de la incapacidad para perdonar sino este falso sentido del yo sustancial?

Existes por Dios y para servir los propósitos de Dios. ¿Con qué frecuencia perdonas a tu prójimo? ¿Siete veces? No, te digo setenta veces siete. En otras palabras, sin fin, constantemente, sin hacer ningún cálculo.

Reflexionemos: Piensa cuál fue la última vez que tuviste dificultades para perdonar a alguien. ¿Cómo fue que tu propio sentido del “yo sustancial” te hizo dudar en perdonar?

@BishopRobertBarron

 

Evangelio según San Mateo 18,21-35.

Se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”.
Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”.
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: ‘Págame lo que me debes’.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: ‘Dame un plazo y te pagaré la deuda’.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: ‘¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?’.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.

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