Jesús, el falso profeta – Evangelio Domingo 30 de enero

Jesús, el falso profeta – Evangelio Domingo 30 de enero

Hermanos y hermanas, qué difícil es la propuesta de Jesús, o qué escandalosos era Jesús, que lo quieren matar y no es que uno quiere hacerse el mártir o quiera de alguna manera encontrar simpatía en sus oyentes, pero cuando se lee la palabra de Dios desde la experiencia de los pobres, de los excluidos, de los leprosos pues a lo mejor la gente que está en poder, la gente que siempre se ha sentido privilegiada, la gente que está en el centro, pues le va a costar trabajo desplazarse a otras periferias, a otras marginalidad. Es en estos momentos donde el mensaje o más bien la propuesta de Jesús pierda su centro, y ya no exista más centros, sino todos y todas puedan experimentar la buena noticia.

El año jubilar, el domingo anterior, escuchamos como Jesús comenzó en la sinagoga de Nazaret a predicar el mensaje de la buena noticia, se le pasó el libro del profeta Isaías, lo desenrolla y dice el Espíritu de Dios está sobre mí porque me ha llevado o me ha enviado para llevar la buena noticia a la persona excluida, a los pobres, a los cautivos ya los ciegos. Jesús comenzaba o concluía el evangelio diciendo hoy se cumple esta escritura delante de ustedes nuevamente. El evangelio vuelve a poner de manifiesto esta radicalidad que el mensaje de Jesús tiene que ser hoy, el hoy de la salvación.

Les hablé mucho la del domingo anterior sobre el plan de Lucas de salvación, que se ejecuta o que entra dentro de la historia de la humanidad con él. Hoy este y yo creo que sería bueno recordarnos que la salvación de Jesús, el año de gracia, la liberación la sanación, la propuesta de vida que eso nos ofrece tiene que comenzar.

Hoy tenemos que vivirla, hoy aquí y ahora es cierto hay muchas cosas que nos separan del reinado de Jesús, hay ciertas actitudes que no favorecen que se celebre este año de gracia comenzando a veces desde la iglesia jerárquica donde parece que está más preocupada por otras cosas y no por las cosas del padre como diría en Lucas ,verdad, no se interesan parece ser con la pasión del evangelio o con la admisión del reino pero nosotros hermanos y hermanas tenemos que aprender a vivir como si estos signos del reino ya tuvieran o ya hubiesen sucedido yo por ejemplo les que para ilustrar este pensamiento.

Primera Lectura

Jer 1, 4-5. 17-19

En tiempo de Josías, el Señor me dirigió estas palabras:
“Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco;
desde antes de que nacieras,
te consagré como profeta para las naciones.
Cíñete y prepárate;
ponte en pie y diles lo que yo te mando.
No temas, no titubees delante de ellos,
para que yo no te quebrante.

Mira: hoy te hago ciudad fortificada,
columna de hierro y muralla de bronce,
frente a toda esta tierra,
así se trate de los reyes de Judá, como de sus jefes,
de sus sacerdotes o de la gente del campo.
Te harán la guerra, pero no podrán contigo,
porque yo estoy a tu lado para salvarte”.

Salmo Responsorial

Salmo 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17

R. (cf. 15ab) Señor, tú eres mi esperanza.
Señor, tú eres mi esperanza,
que no quede yo jamás defraudado.
Tú, que eres justo, ayúdame y defiéndeme;
escucha mi oración y ponme a salvo. R.
R. Señor, tú eres mi esperanza.
Sé para mí un refugio,
ciudad fortificada en que me salves.
Y pues eres mi auxilio y mi defensa,
líbrame, Señor, de los malvados. R. 
R. Señor, tú eres mi esperanza.
Señor, tú eres mi esperanza;
desde mi juventud en ti confío.
Desde que estaba en el seno de mi madre,
yo me apoyaba en ti y tú me sostenías. R.
R. Señor, tú eres mi esperanza.
Yo proclamaré siempre tu justicia
y a todas horas, tu misericordia.
Me enseñaste a alabarte desde niño
y seguir alabándote es mi orgullo. R. 
R. Señor, tú eres mi esperanza.

Segunda Lectura

1 Cor 12, 31–13, 13

Hermanos: Aspiren a los dones de Dios más excelentes. Voy a mostrarles el camino mejor de todos. Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que resuena o unos platillos que aturden. Aunque yo tuviera el don de profecía y penetrara todos los misterios, aunque yo poseyera en grado sublime el don de ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque yo repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.

El amor dura por siempre; en cambio, el don de profecía se acabará; el don de lenguas desaparecerá y el don de ciencia dejará de existir, porque nuestros dones de ciencia y de profecía son imperfectos. Pero cuando llegue la consumación, todo lo imperfecto desaparecerá.

Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño y pensaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, hice a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo y oscuramente, pero después será cara a cara. Ahora sólo conozco de una manera imperfecta, pero entonces conoceré a Dios como él me conoce a mí. Ahora tenemos estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor; pero el amor es la mayor de las tres.

Evangelio

Lc 4, 21-30

En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?”

Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta una saliente del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.

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