Solemnidad de Pentecostés / Solemnity of Pentecost

Solemnidad de Pentecostés / Solemnity of Pentecost

¿Qué es esa energía y experiencia que nos mueve en direcciones que pensamos nos son posibles? ¿Qué es esa “cosa” que nos mueve más allá de los límites que uno mismo o la vida nos pone? Algunos nombrarían esta experiencia como El Espíritu Santo. Este mismo Espíritu es el fruto de la relación entre Dios y su hijo Jesucristo; es el mismo Espíritu dado a la iglesia en Pentecostés. Este Espíritu fue dado a la iglesia para reconciliar a otros a Dios; para construir el Reino de Dios, del cual la iglesia es un instrumento y sacramento. Una de las acciones principales de esta obra del Reino es la reconciliación. Por reconciliación se entiende algo más que el sacramento de reconciliación. La reconciliación es lo que el Espíritu promueve y lo que la Iglesia tiene como misión por medio de su vida, estructuras, ministerios, rituales, sacramentos y membresía.

En contraste con la historia de la torre de Babel donde por la arrogancia del hombre caen en división en medio de la diversidad de lenguas, el Espíritu Santo promueve la unidad. Esto es algo que debe inspirarnos en la iglesia. Una de las muchas bendiciones que tenemos en la Iglesia Católica es la bella diversidad de culturas, nacionalidades y lenguas. En esta bella diversidad experimentamos la riqueza de la experiencia de Dios, Cristo y el Espíritu Santo. Esta diversidad nos llama constantemente a la unidad, la unidad que el Padre, Hijo y Espíritu Santo viven entre ellos. El reto es mantener en tensión creativa estos dos polos, diversidad y unidad, para ser una comunidad en un Dios, un Salvador y un Espíritu. Esta unidad es posible cuando identificamos lo que nos une en nuestras relaciones y diálogos. Es un reto constante crear diálogo desde lo que nos une como comunidad de fe, en vez de aquello que nos distingue y nos separa de otros.

El mandamiento que Jesús resucitado dio a sus discípulos en el evangelio de Juan después de darles el Espíritu es de reconciliar a otros con Dios. Esto solamente ocurre cuando entramos en relación y es posible solo cuando llegamos a conocer a otros en un nivel personal. Es muy difícil reconciliarse o ser instrumento de reconciliación si no existe la confianza en nuestras relaciones. La confianza nace del diálogo honesto y transparente, y del riesgo de compartir nuestra vulnerabilidad. Esto es lo que Jesús modela para nosotros en su propia vida. Cristo resucitado va al encuentro de sus discípulos en medio del miedo paralizante, falta de esperanza, y confusión. En medio de todo esto Cristo les trae la paz; una paz que no es la ausencia de conflictos o problemas, sino la presencia del Espíritu Santo que los llevará más allá de sus miedos a la nueva vida del Reino. Y este es el mismo Cristo y su Espíritu que viene a nuestro encuentro donde nos encontremos. ¡Ven Espíritu Santo, ven, y envíanos desde el cielo tu luz, para iluminarnos! Ven ya, padre de los pobres, luz que penetra en las almas, dador de todos los dones.

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What is that energy and experience that is able to move you in directions you never thought possible? What is that “thing” that is able to push you beyond the limits that you or life has set for you? Some may refer to this experience as the Holy Spirit. This is the same Spirit that is the fruit of the relationship between God and Jesus; and this is the same Spirit that was given to the church at Pentecost. The Spirit was given to the church to reconcile others to God; to build the Kingdom of God, of which the church is an instrument and sacrament. One of the main actions of Kingdom building is reconciliation. By reconciliation we mean more than just the sacrament of reconciliation. Reconciliation is what the Spirit promotes and what the Church’s main mission is through all its life, structures, ministries, rituals, sacraments, and members.

In contrast to the story of tower of Babel where the arrogance of humanity led to division in the midst of the multiplicity of languages, the Holy Spirit promotes unity. This is something that ought to inspire us in the church. One of the many blessings that we have in the Catholic Church is a diversity of cultures, nationalities, and languages. In this diversity we experience the richness of the experience of God, Christ, and the Spirit. And as diverse as we are, we are constantly being called to unity, the unity that the Father, Christ, and the Spirit share in themselves. The challenge is to hold these two poles of diversity and unity in a creative tension so that we may be one in the One God, One Savior and One Spirit. It is possible when we strive to identify what unites us in our relationships and dialogues. It is a constant challenge to find what unites us, rather than what differentiates and separates us.

The one command that the risen Lord gave to his disciples in the gospel of John after he breathed the Spirit on them was to reconcile others to God. This can only be done by entering into relationship, and this is possible only when we get to know others at the personal level. It is very hard to reconcile with others or be an instrument of reconciliation if there is no trust in the relationship. That trust can come only through honest dialogue and the risk of sharing our vulnerability. This is what Jesus models for us in his own life. The risen Lord meets his disciples in the midst of their paralyzing fears, loss of hope and confusion. In the midst of all these he brings peace, not the absence of conflict or problems, but the peace through the Holy Spirit that will lead them beyond their fears into the new way of life of the Kingdom. This is the same Christ and Spirit that comes to meet us where we are. Come, Holy Spirit, come! And from your celestial home shed a ray of light divine! Come, Father of the poor! Come, source of all our store! Come, and within our bosoms shine.

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